
Cada vez estoy más seguro de que creo en las leyes físicas y en la indiferencia del universo hacia nosotros en compensación por el fracaso social al que me veo sometido a veces aquí en el planeta tierra, jaja.
Por desgracia mi precario cerebro está habitado por conceptos mucho más planos y mundanos. Me limito a cosas muy básicas como disfrutar de una buena película, dormir, comer y demás pequeños placeres que hacen que la vida sea un poco más divertida. De verdad no hay día que pase sin que agradezca que entre aire en mis pulmones o que mis piernas se muevan.
Estoy convencido de que los genios como Isaac Newton, Albert Einstein, o gente más “actual” como Edward Witten cambiaron por completo su concepción del mundo justo en el momento exacto en el que asimilaron de verdad todas las ideas y el conocimiento que habían desarrollado.
Pensadlo bien, ¿quién necesita comer o dormir cuando has descubierto qué es lo que hace que todo sea tal cual es? No se me ocurre una paradoja mejor para que el universo se pliegue sobre sí mismo. Cuando has abierto algo más que “las puertas de la percepción” imagino que todo lo demás se vuelve intrascendente.
El problema es que supongo que debe haber un precio a pagar por todo ese inmenso saber y entendimiento. Tal vez eres ser el mayor genio sobre el planeta, pero para tu vida diaria puede ser el equivalente a convertirte en un tenedor en una tierra de sopas.
Así que por eso creo que los genios aceptaron ese sacrificio y nos engañaron. Siguieron viviendo como humanos entre nosotros, pero no era más que una fachada, una conducta adoptada para que los seres inferiores no nos sintiéramos contínuamente superados.
En lo que respecta a lo cotidiano y la interacción de estos genios con el resto de los mortales tampoco nos hicieron notar diferencia. Algunos de ellos jamás despertaron ningún tipo de interés sexual hacia las mujeres. Otros lloraron desconsolados en la oscuridad de sus habitaciones, rodeados de fórmulas matemáticas y ecuaciones incomprensibles para el resto de nosotros, tratando de entender el dolor del desamor o cualquiera del resto de las “emociones humanas”.





